La dislexia se reconoce desde el punto de vista médico en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) como un trastorno específico del aprendizaje que se caracteriza por dificultades en la lectura, problemas en la precisión o fluidez en la identificación de palabras, así como en la comprensión lectora. Al profundizar en esto y considerando que el mundo que nos rodea es letrado, lleno de indicaciones, orientaciones y normas escritas y descritas a través de palabras; sumado en muchos casos a la sobre exigencia, incluso previo a lo requerido en el marco curricular nacional, respecto a la iniciación y aprendizaje lector, nos encontramos con niños y niñas que pueden sentir y vivir situaciones de discriminación, baja autoestima, baja autopercepción de sus capacidades y por tanto, un día a día lleno de dudas y frustración.
Los entornos, en su mayoría, no son accesibles cognitivamente para todos y todas, son diseñados y pensados desde una mirada adultocentrista y, además, neurotípica, es decir, pensados para la mayoría, adultos y adultas lectores y lectoras, sin dificultades en la interpretación de la información. Por tanto, imagine ser una niña o niño que no entiende este contexto ni sus señales, un contexto que premia la rapidez, la precisión, la falta de errores y la autonomía; en que muchas veces se carece de herramientas diagnósticas oportunas, acompañamiento psicopedagógico y pedagógico oportunos; uno en que muchas veces sobre valoramos la palabra escrita por sobre otras formas de comunicar ideas, pensamientos, emociones y sentires, en fin. Imagine ser un invitado o invitada constante en una fiesta en la que no entiendes ni sabes dónde y cómo actuar si no es pidiendo ayuda.
Un niño o niña con diagnóstico de dislexia puede ser erróneamente etiquetado como carente de motivación, iniciativa e, incluso, asociado o asociada a dificultades cognitivas. Toda esta presión, causará en ellos y ellas, en sus familias y entorno una sensación de angustia, sobre todo y además, las comunidades educativas no cuentan con los recursos de apoyo o miradas inclusivas que vayan más allá de la normalización y homogeneización para poder concretar espacios respetuosos, bien tratantes que detectan las barreras para el aprender y participar tomando acciones a tiempo.
La colaboración y diálogo entre padres, madres, familias, educadores y especialistas es esencial para crear un entorno inclusivo en donde nos informamos, aprendemos, desaprendemos y actualizamos para promover un entendimiento de la neurodiversidad cognitiva. Estos cerebros neurodivergentes no tienen nada de “malo”, sino que son un desafío para la escuela que aprende día a día con y para sus estudiantes y por tanto, replantea sus prácticas porque entiende que es lo necesario, porque entiende que es lo justo y porque finalmente, todos y todas deben tener la oportunidad de hacer efectivo su derecho a una educación equitativa, inclusiva y de calidad.
Sandra Urra Águila – Académica de Educación y Ciencias Sociales – Universidad Andrés Bello










