Conocido también como “disforia sensible al rechazo” (DSR)– identifica a personas que presentan una mayor sensibilidad hacia las críticas, la no valoración y el rechazo por parte de otros individuos, dando lo mismo si se trata de niños, de jóvenes o de adultos. Todas ellas sufren por igual, cuando –por distintas razones– se sienten excluidas, o bien, son criticadas o rechazadas socialmente, situación que representa un verdadero ataque a la imagen y a la autoestima del sujeto afectado, con efectos devastadores.
A los individuos con SRS (o DSR) acentuada les “preocupa sobremanera el rechazo o la no valoración como personas por parte de los demás”, ya sea que se trate del círculo de amistades en la infancia, en la adolescencia o en la adultez, o bien, que se relacione con aquella persona con la cual se intenta construir una relación amorosa o de pareja.
Por una parte, las personas con SRS, de alguna manera “anticipan” el rechazo que sufrirán a manos del otro, en tanto que, por otro lado –sin que los propios sujetos tengan plena conciencia de ello– su propio comportamiento, ideaciones y actitudes pueden conducir –justamente– a que se produzca el rechazo al que tanto le temen.
Ahora bien, si las personas que sufren de este trastorno no están en condiciones de controlar el grado de su SRS, algunos de los efectos negativos que tiene pueden asimilarse a lo que en términos técnicos se llama “profecía autocumplida”, un concepto acuñado por el sociólogo Robert K. Merton y que hace “referencia a una falsa creencia, la cual, ya sea directa o indirectamente, lleva, justamente, a su propio cumplimiento”.
El Dr. Merton señala que la profecía autocumplida es una suerte de predicción, que una vez que ha sido enunciada, representa en sí misma la causa principal de que la predicción se haga realidad debido a que se desencadenan una serie de hechos y circunstancias para que ésta se cumpla al pie de la letra. Algunos ejemplos habituales de profecía autocumplida son: “Me va a ir mal, me va a ir mal…” hasta que al sujeto se le cumplen su deseos y, efectivamente, le va mal en su objetivo; “Parece que les caigo mal…” y la persona termina causando desagrado en los demás; “Estoy seguro de que ella me va a dejar…” y, efectivamente, el sujeto termina por ser abandonado, etc. Es como si la persona afectada buscara –o inventara– a propósito las señales y síntomas que corroboran su apreciación o impresión, por falsa y equivocada que ésta sea.
También puede suceder que la persona no ha puesto nada de su parte para que el rechazo social se genere, y sin embargo, éste termina por producirse, generando una serie de emociones negativas y altamente destructivas: rabia, dolor, tristeza, desánimo, depresión, baja autoestima, reacciones violentas en contra de los causantes del supuesto rechazo.
Por otro lado, tenemos el caso de aquellos niños(as) “poco populares” que nadie elige para la práctica de un juego o deporte colectivo, a pesar del gran deseo que tienen estos chicos(as) de participar e integrarse a un grupo. También están esos niños y niñas a quienes nadie invita a un baile o a una fiesta de Cumpleaños, o aquellos a los cuales se les hace el vacío de inmediato cuando se acercan a un grupo. Asimismo, hay niños que se convierten en objeto de bullying (o matonaje infantil) por parte de sus compañeros, o bien, que dan la impresión de que fueran “invisibles” ante los ojos de los demás: nadie del grupo se digna dirigirles la palabra.
Para muchos de estos niños y jóvenes esta experiencia de rechazo puede ser emocionalmente devastadora y traumática, haciéndoles sentir que no valen nada. Para qué hablar si alguno de estos niños deseosos de pertenecer a un determinado grupo de amigos presenta, además, algún tipo de discapacidad física o un rasgo y/o característica distintiva (muy moreno, muy rubio, muy flaco, muy gordo, muy alto, muy bajo, poco agraciado, de origen modesto, etc.). Ya sea que la persona tenga una sensibilidad al rechazo social acentuada o que experimente el rechazo social sin que, necesariamente, sufra de SRS, el resultado final afecta por igual y no deja a nadie indiferente.
Sucede, asimismo, que las personas que presentan una SRS elevada comienzan a obsesionarse con la duda recurrente de si realmente alguien los quiere o no, y sus propias dudas y rumiaciones internas comienzan a generar una suerte de cascada de reacciones y respuestas que combinan rabia, ira y resentimiento, especialmente, cuando aumentan los temores de que podrían ser rechazados o abandonados por parte, por ejemplo, de la pareja, en lo que más arriba hemos llamado “profecía autocumplida”.
Si analizamos el caso de los niños con SRS elevada, pronto advertiremos que estos niños y jóvenes algo solitarios y callados, son discriminados e intimidados con mayor facilidad por sus compañeros, en comparación con otros niños que no sufren de sensibilidad al rechazo. Es como si “atrajeran” el rechazo.
¿Qué enseñanzas hay que sacar de todo esto? Quienes sufren de esta problemática –y que no buscan ayuda– tienden a experimentar el rechazo por mucho tiempo, lo que a su vez, va carcomiendo el sentimiento de la propia valía y hace que su autoestima se resienta, todo lo cual, hace más probable que el sujeto pueda caer en una depresión.
Se ha demostrado, asimismo, que el rechazo social, al mismo tiempo que provoca furia, arrebatos de ira, rabia, etc., también conduce al sujeto a experimentar estrés, lo cual influye negativamente en la respuesta del sistema inmunitario del sujeto, aumentando el riesgo de padecer trastornos cardiovasculares, depresión, asma, artritis reumatoide, diabetes y cáncer, entre otros males. Es una situación en la que todos pierden.
El aprendizaje final que hay que hacer va por dos senderos:
1. Las personas con SRS o DSR elevada deberán aprender a mejorar su capacidad de autocontrol y de autocontención frente al rechazo social, especialmente, si estas personas son sujetos adultos. Los métodos y estrategias para poder lograrlo están disponibles.
2. Para el caso de aquellos niños que, por diversas razones, practican la discriminación y el rechazo social respecto de otros niños y niñas más sensibles, tanto los padres como las instituciones educacionales deberán preocuparse –y ocuparse– de formarlos con otros valores y principios. Uno de estos principios dice relación “con el respeto, la no discriminación y el trato digno que hay que dar a los demás”.
La razón es muy simple. Lo único que buscan los niños(as) y jóvenes rechazados socialmente por sus pares, es lo que desean todas las personas: ser aceptados como uno más en el grupo.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










