Al analizar el concepto “liderar”, lo primero que viene a nuestra mente es el acto de estar a la cabeza de un grupo de personas con el fin de guiarlas hacia el cumplimiento de un determinado objetivo. Ahora bien, si el verbo lo transformamos en un sustantivo –“liderazgo”– lo que surge en nuestra mente, es algo ligeramente diferente y lo asociamos a una capacidad o habilidad específica que tiene una determinada persona. Es, por cierto, una habilidad que no todo el mundo posee.
¿Y cuál es esta capacidad? De acuerdo con el Sr. Harry S. Truman –uno de los pocos presidentes norteamericanos honestos que ha tenido Estados Unidos y que no se enriqueció a través de su cargo–, el liderazgo “es aquella capacidad que tienen algunas personas de influir sobre la conducta de otros individuos y lograr que éstas hagan cosas que no desean hacer y, sin embargo, las hacen con gusto, porque el líder se las solicitó”.
La proyección y la fuerza de esta definición habla por sí sola: si yo, como líder, soy creíble, honesto y tengo la capacidad de influir sobre la conducta de otras personas, entonces esto significa que la gente confía plenamente en mí y que me he ganado el respeto, el aprecio, la lealtad y el compromiso total por parte del grupo humano que dirijo.
Uno de los estilos de liderazgo más poderosos que se han identificado, se asocia a un liderazgo denominado de “tipo carismático”, es decir, aquella capacidad de atraer y fascinar a las personas con las que uno interactúa. Sin embargo, también existen otros tipos de liderazgo, tales como el estilo democrático (o participativo), el estilo autoritario (o autocrático), el liderazgo situacional, el transformacional, el transaccional, el estilo delegado, etc., entre otros.
Sin embargo, en el análisis que se hace en este momento, estamos hablando de un “liderazgo de tipo personal”, es decir,un liderazgo que va en la línea de pensamiento de lo que plantea el “Centro de Liderazgo” de la reconocida Universidad de Harvard, y este tipo de liderazgo no se refiere a la influencia que se ejerce sobre “los otros”, sino a la influencia que se ejerce sobre la “propia conducta”, en cuyo caso, las dificultades y obstáculos para efectos de cumplir con los objetivos que el sujeto se proponga, pueden aumentar de manera sustantiva.
El “alma del liderazgo” exige a las personas ganar un espacio que no tenga como finalidad concentrarse –única y exclusivamente– en metas y recompensas de tipo externas, tales como la cantidad de dinero que he acumulado y las riquezas que poseo, o bien, el nivel de poder que tengo sobre los otros. Entonces… ¿cuál es el tipo de influencia que debo ser capaz de ejercer? El tipo de “influencia a ejercer, es sobre la propia persona”.
En este sentido, el primer paso para ganar influencia sobre la propia persona consiste en desarrollar y practicar la resiliencia, es decir, aquella capacidad que nos permite enfrentar situaciones adversas y salir fortalecidos y reforzados de ellas, condición que nos permitirá convertir los eventuales fracasos en nuevas oportunidades que deberemos saber aprovechar. Lo anterior implica extraer aprendizajes de los errores que cometemos.
Un segundo paso es aprender a perdonar nuestros propios fracasos y errores, por cuanto, si somos capaces de aceptar (y convivir) con aquellas emociones con carga negativa, en ese caso, estaremos en condiciones de disfrutar con mayor intensidad todo lo positivo, así como las alegrías que nos brinda la vida.
El tercer paso, es ser capaces de agradecer lo que recibimos, ya que la costumbre –o manía– que tenemos los seres humanos de pensar que “las cosas llegan regaladas”, por causalidad y al azar, tiene muy poco de realista. Nosotros somos los arquitectos de nuestro propio destino, por lo tanto, aquello que hagamos con nuestras capacidades y habilidades facilitará el camino para que comencemos a cosechar aquello que habremos sembrado. Por otra parte, toda vez que agradecemos por aquello que hemos recibido, nuestro cerebro lo interpreta de manera absolutamente positiva y satisfactoria, y aprovecha esta grata sensación para segregar torrentes de endorfinas, al igual que sucede cuando realizamos ejercicio físico, tal como veremos a continuación.
El cuarto paso, es ser capaces de vencer nuestro marcado sedentarismo y tendencia hacia la molicie. La superación de este obstáculo implica comenzar a practicar algún tipo de actividad física (o deporte) que permita a nuestro cerebro segregar endorfinas para beneficio de toda nuestra unidad psico-física-espiritual. ¿Por qué es tan importante este punto? Porque nuestro cuerpo exige respeto y la actividad física es el paso necesario que permite reforzar la fuerza de voluntad, la cual, unida a la capacidad de perseverar en los objetivos que una persona se haya propuesto llevar a cabo, se convierten en verdaderos motores motivacionales que impulsan a ir siempre un poco más allá en los esfuerzos y metas. Es lo que los deportistas de élite llaman “sacar fuerzas de flaqueza”, es decir, hacer un último esfuerzo adicional cuando ya parece que no quedan fuerzas –ni físicas ni mentales– a fin de lograr lo que se pretende. Es una experiencia muy gratificante.
El quinto paso, y final, hacia el liderazgo personal, implica la necesidad de aprender a meditar y a reflexionar –con un sentido crítico–, ya que esta habilidad nos permitirá desplazar los pensamientos negativos hacia el lado positivo de las cosas, así como también a focalizarnos en lo esencial y que realmente importan. Al respecto de este punto, es preciso destacar dos aspectos. El primero de ellos, es la superficialidad con la que muchas personas están procediendo, hoy en día, en su vida diaria. Hay quienes afirman que se ha producido un segundo tipo de “globalización”, a saber, “la globalización de la ignorancia, de lo chabacano y de la estupidez humana”.
El segundo aspecto dice relación con dejar de lado la indiferencia y la falta de pensamiento crítico con la que actuamos frente a situaciones de injusticia y abuso. Demasiada desgracia ajena se ha pavimentado por la indiferencia de mucha gente buena que no ha sabido actuar y reaccionar cuando correspondía hacerlo. El abuso, la manipulación, el uso de la violencia, el maltrato de todo tipo y el trato indigno de la gente son buenos ejemplos de lo que se señala en estas líneas.
Por lo tanto, tenga presente los pasos que han sido identificados, y usted estará en condiciones de controlar y dominar de manera competente su liderazgo personal, ya que ese tipo de liderazgo es, justamente, “el alma del liderazgo” que necesitamos hoy en día.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










