Numerosos estudios a nivel mundial, han tratado de dilucidar si son los genes que le transmiten los padres a los hijos o si es el ambiente y el entorno familiar los que, en realidad, determinan el coeficiente intelectual (C.I.) de un niño.
En este sentido, cuando se le preguntó al Dr. Branton Shearer –neuropsicólogo de la Universidad de Kent y creador junto al Dr. Howard Gardner de las evaluaciones de las inteligencias múltiples (Test MIDAS: Multiple Intelligences Developmental Assessment Scales)– qué era lo que determinaba la inteligencia de una persona –si los genes o la crianza– el Dr. Shearer respondió que“la proporción es de 60/40, pero que hasta ahora nadie sabía con certeza para qué lado se inclinaba la balanza”, agregando más adelante, que “ser inteligente implica mucho más que solo un puntaje de C.I.”.
Más aún: algunos expertos en la materia señalan que el C.I. no se correlaciona, necesariamente, con las posibilidades de éxito en la vida de una persona, ya que habrían otros importantes factores que podrían hacer la diferencia, cual es el caso, por ejemplo, de la “presencia o ausencia en el sujeto de Inteligencia Emocional”, es decir, aquella capacidad para comprender las emociones de otras personas, escuchar a quien se tiene al frente de manera activa, ser capaces de mostrar empatía por el otro y establecer relaciones interpersonales que sean positivas y constructivas.
Ahora bien, uno de los estudios más señeros respecto del grado de influencia que tiene el ambiente donde crece y se desarrolla el niño versus la carga genética que hereda de sus padres, y que ha sido considerado como de los más precisos al respecto de este tema, es el estudio que realizó el Dr. Petter Kristensen de la Universidad de Oslo, Noruega, quien analizó el impacto que tiene la familia –así como el “orden en que nacen los hijos”– en el nivel del coeficiente intelectual de los niños. Esta investigación demostró que el hijo primogénito puede tener, en promedio, hasta tres puntos más de C.I. que el resto de sus hermanos.
La razón de esta diferencia en puntos de C.I. no radicaría en el hecho de ser el primer hijo, ni tampoco por la carga genética de los padres, sino “que por la atención, el tiempo y los recursos que dedican el padre y la madre en el primogénito”, junto con los roles que se le asignan a éste, tales como: ser el hermano más responsable, el más serio y competitivo, así como también hacer de tutor y cuidador de sus hermanos menores.
De acuerdo con el Dr. Frank Sulloway, de la Universidad de California, la diferencia de tres puntos –en apariencia poco importante– implicaría hasta un 30% más de posibilidades para el hijo mayor de ingresar a colegios e instituciones que privilegian un alto C.I. como factor clave para su ingreso.
El Dr. Sulloway sostiene que los primogénitos son más disciplinados, más trabajadores y más inteligentes que sus hermanos menores y la explicación a esta condición, de acuerdo con este investigador, es que “los primogénitos ocupan el papel de padres sustitutos en la familia”.
La investigación del Dr. Petter Kristensen determinó que el entorno que rodea al niño –los padres, el ambiente familiar y el estilo de crianza– representa el principal factor que más impacta en el coeficiente intelectual de una persona. Las razones que esgrime el Dr. Kristensen para reafirmar su postura son simples: no sería la biología ni los genes los que determinan el C.I. del primogénito, sino que: (a) la forma en cómo éste es criado, (b) por las diversas tareas que asume al interior de la dinámica familiar y porque (c) goza –al menos por algunos años– de la atención exclusiva de los adultos que lo rodean.
Digamos, finalmente, que de nada servirá tener una dotación genética de excelencia, si el niño no recibe en el medio ambiente en el cual se cría las atenciones, las estimulaciones, la alimentación y el cuidado que necesita para el desarrollo integral del potencial con el que viene dotado.
Dr. Franco Lotito Catino – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










