El uso de la violencia ha llegado a tal límite por parte de los estudiantes que las profesoras y profesores están siendo gravemente afectados por ataques en su contra, hasta el extremo –de acuerdo con un estudio de la Universidad Católica y la U. de Chile publicado en mayo de 2022– que un 9,4 % de los profesores de aula han presentado su renuncia o están con licencia médica.
Hoy se calcula que esa cifra ha aumentado notablemente, ya que en numerosos casos, son los propios padres, quienes acompañan a sus hijos a insultar, atacar y agredir con puños y pies a los docentes. El reciente caso del suicidio de una profesora da cuenta de la gravedad de los hechos que aquí se analizan.
El bullying o matonaje escolar corresponde a cualquier forma de maltrato, intimidación o abuso de carácter psicológico, verbal o físico que se produce en los establecimientos educacionales, o bien, a través del uso de las redes sociales, es decir, por intermedio del “ciberbullying o acoso cibernético”.
Estas conductas se han convertido en una verdadera lacra social. Son actos que afectan gravemente la autoestima, el bienestar y la integridad física y emocional de las personas afectadas, ya sea que se trate de niños, adolescentes o adultos, sin que –al parecer– exista un verdadero interés por parte de las autoridades responsables –tanto educacionales como de Gobierno– por cortar, de una vez por todas y por lo sano, esta escalada de violencia y abusos, al punto que deben ser las víctimas de los abusos –que incluye a profesores y profesoras– quienes se ven obligadas a abandonar los colegios para no continuar siendo objeto de violencia y malos tratos.
Este tipo de experiencias representa un ataque artero y cobarde a la autoestima e integridad física y mental de las personas, con efectos que suelen ser devastadores, ya que muchas de las víctimas corren el serio riesgo de sufrir cambios severos de su estado de ánimo y caer en depresiones, en tanto que otras personas más sensibles intentan suicidarse, porque son incapaces de soportar tanta maldad y virulencia con la que actúan los matones, así como también los acosadores virtuales.
Esta triste y dura realidad –donde la “permisividad” y la “normalización” de estos actos aberrantes se hacen muy presente– lleva a pensar que son sólo los «derechos humanos” de los victimarios(as) los que no pueden ser «vulnerados» con algún tipo de sanción o castigo –suspensión y/o expulsión del alumno(a) causante del mal, de acuerdo con la gravedad del acto cometido–, en tanto que las víctimas quedan, generalmente, a la deriva y sin el merecido apoyo y resguardo que deberían recibir, donde su propio derecho a estudiar, enseñar, vivir y trabajar en paz y tranquilidad se ve pisoteado y conculcado por parte de estos jóvenes matones. Es decir… ¡el mundo al revés!
A lo anterior, se suman aquellos padres que tienden a minimizar –y, en algunos casos, incluso, a justificar– las conductas, abusos y faltas de respeto de sus hijos hacia otras personas, incluyendo a profesores y figuras de autoridad.
Lamentablemente, la ausencia de valores, principios y reglas claras en estos hogares, permite que los abusos y la violencia se sigan reproduciendo y, lo que es peor, normalizando.
Nuestra responsabilidad es la de poner fin a este tipo de actos infames y no permanecer indiferentes ante conductas cobardes y malintencionadas como las descritas más arriba, ya que la próxima víctima de abusos, ataques y golpizas podría ser nuestra propia hija o hijo, o incluso, cualquiera de nosotros, y entonces ya será muy tarde.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Investigador, escritor y conferencista (PUC)










