Existe más de un método a través del cual una persona puede hacerse daño a sí mismo o a otros. La filosofía budista señala que tanto la infelicidad personal, como así también los conflictos y los problemas interpersonales, surgen como consecuencia de lo que el budismo llama los “tres venenos”, a saber: “la ansiedad, la ira y las falsas ilusiones”.
La esencia de la filosofía budista, es que primero hay que comprender a qué se está enfrentando el ser humano, para luego poder contrarrestar en forma efectiva las consecuencias de las emociones, experiencias, pecados y conductas negativas.
En directa relación con lo anterior, resulta muy interesante analizar los resultados de una encuesta realizada por la British Broadcasting Corporation (BBC) de Inglaterra con oyentes de orientación religiosa, en cuanto a identificar cuáles eran los principales “pecados capitales” de la modernidad cristiana.
Para sorpresa de los encuestadores, en lugar de los “pecados originales” como la gula, la pereza, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria y la avaricia, surgieron una serie de nuevos “pecados mortales”, entre los cuales destacaron la “crueldad, la corrupción, el fanatismo, la deshonestidad, la hipocresía, la codicia y el egoísmo”, es decir, conductas que llevan asociadas emociones altamente negativas y destructivas. La única de las ofensas originales que se repitió en el nuevo catálogo, fue la avaricia. Este estudio muestra cómo surgen nuevas visiones, conductas y patrones culturales concomitantes con las experiencias que le toca vivir hoy a las personas.
Desde una perspectiva occidental, el que una emoción adquiera una connotación negativa se vincula con el hecho de que dicha emoción estaría en grado de llevar a un sujeto a dañarse a sí mismo (suicidio) o a dañar a los demás (a causa del odio racial, ideológico, religioso, político, etc.), en tanto, que desde el punto de vista tibetano, “todas las aflicciones mentales, tales como la ira, la crueldad, la envidia, el rencor, los celos, la avaricia, la petulancia, el engaño”, etcétera, son procesos que tienden a provocar una “desestabilización del equilibrio de la mente humana”, sin que importe, si estas aflicciones poseen un componente emocional o no.
De otra forma, ¿cómo se explican los actos de terrorismo y de destrucción masiva que se llevan a cabo en diversos países de manera recurrente? Algunos de los grupos terroristas al llevar a cabo sus planes destructivos basados en el odio religioso o ideológico, se apoyan en ciertos predicamentos, los cuales, de acuerdo con las convicciones religiosas fundamentalistas de algunos líderes de países de orientación musulmana “les permite ganarse el paraíso y la felicidad eterna, a través de la matanza de infieles”. Los infieles seríamos, naturalmente, todos aquellos que no profesamos la religión islámica (o musulmana). Como se podrá advertir, ésta es una forma muy peligrosa, discutible y radical de entender la religión.
En todo caso, este dato histórico no debería causarnos mayor sorpresa, por cuanto, hace tan sólo algunos siglos atrás, los cristianos europeos, azuzados por los sumos Pontífices católicos romanos de la época, iniciaron entre el siglo XI y el siglo XIII una serie de sanguinarias cruzadas en Medio Oriente, buscando reconquistar, a sangre y fuego, los lugares sagrados para el cristianismo, y que en esos momentos se encontraban en manos de árabes y musulmanes. La promesa a los cruzados, por parte de la Iglesia Católica, era exactamente la misma: “ganar la vida eterna, a través del asesinato y la destrucción de todos los ‘infieles’ que se cruzaran en el camino”, y que en este caso, eran todos aquellos que no profesaban el catolicismo o el cristianismo.
En múltiples ocasiones, incluso aquellos árabes que profesaban el cristianismo, fueron torturados, pasados por las armas y asesinados sin mucho miramiento. Los horrores que vivieron en esa época los “enemigos de los cruzados”, fueron infernales. Las atrocidades cometidas durante siglos en nombre de Dios y del odio religioso por parte de los cristianos occidentales y de los monjes asesinos (bajo la túnica de los caballeros templarios) en tierras del Islam fueron ignoradas de forma muy hipócrita. Lo peor de todo, es que, igual que antaño, hoy sigue habiendo gente interesada en practicar la llamada “cultura de la muerte y destrucción”, donde, sin importar los fundamentos o explicaciones que se esgriman, lo que se hace es atacar la razón y la verdad hasta hacerla desaparecer.
La intención de fondo sigue siendo la misma: exterminar, borrar, acabar con el adversario, sin consideración por quien pague los costos o las consecuencias de esta determinación. Para qué hablar, de la infinita cantidad de trastornos emocionales, conductas vengativas, enfermedades mentales, mutilaciones físicas y espirituales, cuadros por estrés post traumático que pueden experimentar los sobrevivientes de este tipo de tragedias, así como de desencuentros ideológicos y religiosos a lo largo de los siglos: “las emociones del odio, la ira, la rabia, el resentimiento”, etc., terminan por enquistarse en el ADN y en el alma de los sobrevivientes, transmitiéndose todo esto a las sucesivas generaciones.
¿Habrá algo, que podamos hacer desde el propio mundo interno, a través del conocimiento y del deseo de cambiar algunas cosas? Pienso que sí. Lo importante es perseverar en el objetivo. La razón para nos empecinemos en una meta de esta naturaleza, es simple: en la medida que uno mismo pueda cambiar, existe una probabilidad de que mi vecino cambie y que, por ende, el mundo también cambie. Lo que se requiere, es la presencia de una “masa crítica de gente reflexiva y pensante”, es decir, un grupo de personas lo suficientemente grande y maduro, como para que sea capaz de producir una reacción en cadena. Debe quedar claro que alguien tiene que comenzar el proceso de cambio. Ese “alguien” se refiere a cada uno de nosotros.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










