Hay estudios que indican que la agresividad estaría asociada a la supervivencia y representa un instinto natural que el hombre lleva consigo desde su nacimiento y que comparte con los animales. Este instinto serviría para estar alertas, defendernos y adaptarnos al entorno. Por lo tanto, la agresividad sería biológica, instintiva y estaría regulada por un conjunto de reacciones neuroquímicas.
No obstante lo anterior – y para desgracia del ser humano– todo apuntaría a que también estamos frente a “un comportamiento que se aprende desde pequeños a través de las conductas que emiten los adultos”: los niños y niñas copian y replican la forma en cómo los adultos resuelven sus problemas, la forma en cómo interactuamos, hablamos, nos relacionamos y tratamos a las demás personas.
El filósofo, escritor y periodista francés Jean François Revel enfatiza en forma muy determinante la triste y dolorosa impotencia que experimenta el ser humano –como una criatura sola y desvalida– ante algunos acontecimientos que lo envuelven y arrastran, aún en contra de su voluntad, hacia la práctica de una violencia que no conoce límite alguno, cuando expresa que “el siglo XX ha sido uno de los más sangrientos de la historia; se singulariza por la extensión de sus opresiones, de sus persecuciones, de sus exterminios”, en tanto que las dos primeras décadas del siglo XXI no se han quedado atrás en términos del uso de la violencia y de la destrucción masiva que se han llevado a cabo.
Son palabras que impactan profundamente en la mente de aquellas personas que son reflexivas y que analizan con detención aquello que ocurre en su entorno, quedando la impresión en nuestra conciencia, que el dios –o dioses– que se invoca en el momento de iniciar una de las tantas guerras de exterminio que ha propiciado el ser humano, odiara y/o despreciara profundamente a la raza humana, a raíz de las severas consecuencias que acarrea cada una de estas guerras a millones de seres humanos inocentes.
A la voz del filósofo Revel se suma la de Matthew White, un connotado estudioso de la atrocitología, es decir, “la disciplina que se preocupa de estudiar las atrocidades que ha cometido el ser humano”, ya sea en nombre de Dios, de una determinada ideología –sea ésta de izquierda o de derecha–, de una falsa idea basada en la supremacía de una raza sobre otra, o simplemente, cuando el ser humano lleva a cabo sus guerras de conquista y destrucción genocida.
En su libro “La Historia negra de la humanidad” White señala que el siglo XX junto con haber sido un siglo con la mayor cantidad de conocimientos y avances científicos, ha sido el siglo más cruento de la historia humana con más de 175 millones de muertos, el noventa por ciento de los cuales –mujeres, niños y ancianos– fueron víctimas inocentes que nada tenían que ver en el conflicto que las condujo a la tortura, agresión, muerte violenta y destrucción.
El problema más grave radica en que el nuevo siglo XXI está siguiendo las mismas huellas sangrientas que ha dejado el viejo siglo XX. Tanto es así, que hoy, año 2024, tenemos varias guerras en pleno desarrollo –el conflicto palestino-israelí y la guerra Rusia-Ucrania, entre las más conocidas– y a un país como Corea del Norte que le ha declarado –hasta ahora sólo verbalmente– la “guerra total con carácter de nuclear” a Estados Unidos, si este último país se atreve a atacar a la nación coreana.
De la postura personal que adopte cada ser humano ante tanto desajuste emocional, tanta violencia, tanta arbitrariedad e injusticia, dependerá –sin ser muy exagerado– nada menos que la supervivencia de la especie humana, y por ende, de su civilización.
Con mucho humor negro lo expresó Albert Einstein, cuando planteó, hace más de setenta años, que si todos los hombres y mujeres de este planeta no hacíamos un gran esfuerzo personal en cambiar ciertas conductas y actitudes donde prima y reina la agresión, la próxima guerra la pelearíamos con… garrotes (siempre y cuando alguien sobreviva).
En este sentido, uno se ve tentado a coincidir con ciertos pensadores, cuando plantean, que en lugar de considerar la posibilidad de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo que hay que reconocer –con gran dolor y vergüenza– es que el ser humano, como la criatura más inteligente y poderosa que jamás haya pisado la tierra, no ha sido nunca capaz de “crear un dios que sea superior a él mismo”: muchos de los dioses -–actuales y pasados– invocados por nuestros congéneres humanos, muestran la volubilidad, la moral, el desprecio y las malas costumbres de un verdadero niño malcriado y vengativo.
De acuerdo con el psicólogo y educador, Dr. Lawrence LeShan, sin importar la tensión y la destrucción que la amenaza de guerra –paradójicamente– prometa eliminar, este flagelo se hace presente “en casi todas las culturas y en todos los estratos socioeconómicos, políticos e intelectuales de cada cultura. Nos enfrentamos con una tensión humana fundamental”. LeShan refuerza esta última idea, destacando el carácter “específicamente humano de esta peligrosa tensión”.
Para qué decir que las actuaciones poco santas de la raza humana en contra de sus propios hermanos son imposibles de enumerar y, aun así, no hemos sido capaces de aprender de tanta destrucción y muerte inútiles. De ahí la necesidad de que la clase política y gobernante de cada nación hagan, alguna vez, un serio mea culpa, y “sean capaces de reconocer su directa responsabilidad en todas y cada una de las guerras fratricidas que han iniciado en el transcurso de la historia”, ya que son ellos, quienes –generalmente, sin el consentimiento de los ciudadanos que dicen representar– se embarcan en guerras donde sobran la maldad, la injusticia, la mentira, la manipulación y la carnicería humana, faltando claramente el sentido común, la bondad, la justicia y el respeto por el otro.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










