Si bien es cierto que las personas no pueden controlar todas las cosas que les pasan en la vida, sí están en condiciones de controlar, a lo menos, dos cosas: 1. Hacer un cambio de vida. 2. Controlar la forma de responder y reaccionar ante las cosas que les acontecen en el diario vivir.
Es verdad que nadie puede obligar a otro a cambiar su forma de ser, especialmente, cuando estas personas aseguran que ellas “son como quieren ser”, sin que les importe mucho el mal que causan a otros con su errada forma de ser y actuar. Especialmente, cuando dichas personas actúan en base a sus propias interpretaciones, prejuicios, odio o discriminación.
Tomar el sendero del cambio de vida significa tomar el camino del aprendizaje, es decir, el aprender a controlar las reacciones y conductas habituales que nos atrapan, nos empantanan y que no nos dejan cambiar. Para ello, además del deseo y el propósito de alcanzar ciertas metas en la vida, se necesita de voluntad, una gran cuota de esfuerzo, de trabajo duro y, por supuesto, no tirar la toalla antes de tiempo. Ya lo decía el gran jugador de beisbol Babe Ruth: “Es difícil derrotar a una persona que nunca se rinde”.
El concepto de voluntad se define como aquella habilidad para controlar el grado de atención que una persona le presta a las cosas de su entorno, a las emociones que experimenta, así como también a los deseos personales que siente, ya que todos estos factores influyen, ya sea, en nuestra salud física y psicológica, en las relaciones interpersonales, como así también en el éxito personal que deseamos para nosotros.
No hay duda alguna, que todos luchamos en algún momento con grandes tentaciones, distracciones o inacciones, tales como, por ejemplo, las ganas de “dejar las cosas para mañana”, conducta llamada “procrastinación”, una conducta en relación con la cual, muchos países latinoamericanos son acusados de “practicarla a destajo”.
Hay evidencias neurocientíficas que indican que la voluntad es como un músculo que puede ser ejercitado, a raíz de lo cual, muchos de los cambios que la gente se propone alcanzar en sus vidas, se frustran por no tener: (a) suficiente fuerza de voluntad, y (b) capacidad de planificación para hacer las cosas que deben hacer. Y aquí viene algo muy relevante y que ha sido el resultado de numerosos estudios: “Aquellas personas que tienen un mejor control sobre su capacidad de atención, sus emociones y acciones, son más felices y saludables que quienes no tienen ese control”, en tanto que sus relaciones interpersonales les brindan un mayor grado de satisfacción y tienden a ser más duraderas.
El Dr. Judson Brewer, experto en la técnica llamada “Mindfulness” (o atención plena), ha demostrado que se pueden crear “programas para recablear nuestro cerebro” con la finalidad de modificar hábitos dañinos para el organismo, tales como: consumir drogas, beber alcohol en exceso, tener sobrepeso, ser adicto al cigarrillo, etc. Por otra parte, nuestro cerebro se cree todo lo que uno le diga, por lo tanto, aproveche usted y dígale muchas cosas positivas: “¡Eres capaz!”, “¡Eres fuerte y valiente!”, “¡Tú puedes lograrlo!”, etc.
Otro importantísimo dato: “La fuerza de voluntad es el mejor predictor del éxito profesional y académico”, incluso más que el coeficiente de inteligencia (C.I.), ya que corresponde a las ganas y el fuerte deseo de hacer algo. Lo primero que hay que desarrollar para mejorar la fuerza de voluntad, es darse cuenta –y tener conciencia– acerca de: 1. ¿Qué es lo que estoy haciendo? 2. ¿Cuándo lo estoy haciendo? 3. Comprender ¿por qué razón lo estoy haciendo? En neurociencia esto se conoce como el proceso de self-awareness o proceso de autoconciencia y del “darse cuenta”. Por lo tanto, para cualquier persona que se haya propuesto realizar algún tipo de cambio, resulta ser relevante reconocer, que cuando alguien toma una decisión, ésta requiere que vaya acompañada de una buena cuota de fuerza de voluntad y planificación.
En relación con este concepto, la Dra. Suzanne Segerstrom de la Universidad de Kentucky, habla de la “respuesta de la pausa y el plan propuesto”, donde la “pausa” significa detenerse algunos segundos a analizar qué está sucediendo con la persona en ese preciso instante y, a continuación, ver cómo enfrentar la situación. Pongamos un ejemplo muy simple: comerse una rica torta de merengue amenaza el objetivo de corto y largo plazo de perder peso y adelgazar que el sujeto se había propuesto alcanzar, por lo tanto, la persona necesita de fuerza de voluntad y de un plan de acción que “encienda” un set coordinado de cambios en el cerebro y en el cuerpo que ayuden a la persona a cumplir con su propósito, a saber: ser capaz de alejarse de la vidriera donde está el torta, respirar profundamente y resistir la tentación de comprarla. Esto se logra, cuando la persona detecta que existe un “conflicto interno” –¡me quiero cuidar!– ante una “amenaza externa” que debo superar: “la tentación de la torta”. Lo mismo hay que hacer, cuando nos invaden las emociones negativas: ante esta situación, nuevamente, hay que “poner pausa”, detenerse a prestar atención acerca de qué me está sucediendo y modificar de manera consciente el rumbo de los pensamientos o emociones invasivas de carácter negativo.
La técnica mejor comprobada que incrementa la fuerza de voluntad, es la meditación. Además de mejorar todas las habilidades vinculadas a la voluntad y el autocontrol de impulsos, esta práctica mejora el poder de atención y manejo del estrés, por cuanto, reduce, en primer lugar, el nivel de estrés y le enseña a la mente cómo actuar frente a distracciones internas, tales como preocupaciones, ansias, deseos y tentaciones externas, sea que se trate de sonidos, olores o imágenes. Tengamos presente, eso sí, que la meditación no “elimina” los pensamientos, sino que lo que hace, es enseñarnos a controlarlos y a no ser tan dependientes de ellos.
Otra forma de aumentar el poder de la fuerza de voluntad para combatir las tentaciones y bajar el nivel de estrés, es el ejercicio físico, ya que ello requiere de disciplina y constancia. Cuando se analiza el cerebro de las personas que comienzan a ejercitarse regularmente, se advierte en ellas un aumento de la materia gris –las neuronas– así como de la materia blanca que aísla y protege a las neuronas para que puedan comunicarse más y mejor. Se concluye, que alrededor de 30 minutos por día es suficiente: caminar, hacer jardinería, jugar con la mascota, practicar yoga, realizar un deporte en equipo, nadar, etc. Al cerebro le da lo mismo y le resulta bienvenida cualquier actividad física que desee realizar la persona.
¿Por qué razón es tan importante todo esto? Muy sencillo: si esta persona sufre de estrés crónico, el cuerpo comienza a malograr el uso de la energía necesaria para las tareas de largo plazo: digestión, reparación de tejidos dañados, reducción de la capacidad de aprendizaje, débil resistencia contra infecciones, etc., ya que el “estrés crónico puede conducir a enfermedades cardiovasculares, diabetes, dolores, infertilidad, afectar el sistema inmunológico y sus defensas, exponiendo a las personas a toda gripe o resfrío que ande dando vueltas por ahí”.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










