“En un mundo lleno de hipócritas, aquellos que dicen la verdad siempre son los malos” (George Orwell, escritor, novelista y periodista inglés).
La realidad de cada día nos está demostrando que un determinado político –hipócrita, mentiroso y displicente, pero con mucho poder–, puede convertirse en una cruda y real amenaza para el bienestar y la salud mental de la mayoría de aquellos que lo rodean, incluyendo, por cierto, a todos aquellos ciudadanos que tuvieron el mal ojo de votar por él.
La razón es muy simple: el poder –ya sea de tipo político, económico o militar– que tienen algunos de estos sujetos, les permite pisotear y pasar fácilmente por encima de la opinión pública o por encima de la opinión discrepante del ciudadano común, sintiéndose autorizados para lanzar amenazas, utilizar discursos incendiarios y declarar –como muchas veces ha sucedido– la guerra a medio mundo, en especial, cuando la situación económica, la realidad social y el estado de la política interna comienzan a derrumbarse, debilitando sus propias posiciones de poder.
En estos casos, las estrategias que usan estos individuos son siempre las mismas: lo primero, es gritar a los cuatro vientos que: (a) son víctimas de “los sujetos incompetentes que los rodean”, (b) que son “inocentes” de todos los actos, errores y omisiones que cometen, y que (c) defenderán –como no– su “honra e inocencia”, incluso en los tribunales de justicia si es necesario y hasta las últimas consecuencias.
Una segunda estrategia muy utilizada, es buscar un “chivo expiatorio” contra el cual alinear y apuntar todas las fuerzas disponibles y que puede ser: (a) la oposición, (b) un segmento económico, (c) otra ideología política, etc., con el burdo propósito de distraer la atención de la población sobre asuntos importantes que la afectan y que constituyen motivos fundados de gran disgusto y enojo para la población.
Por otro lado –tal como lo expresara el gran escritor peruano Mario Vargas Llosa–, a muchas personas que usan apropiadamente sus células grises, les resulta una verdadera afrenta personal y fuente de indignación, ver a algunos de estos sujetos reflejados casi a la perfección en buena parte de “la propia clase gobernante del país”, que incluye a una serie de diputados, senadores, jueces, ministros, generales y, en muchas ocasiones, a la figura máxima de un determinado país –, es decir, presidentes, reyes, dictadores–, dando increíbles “vueltas de carnero” de tipo político, social y económico, mostrando, todos ellos una llamativa mediocridad, un discurso retórico y agitador, un admirable nivel de incompetencia, haciendo gala, además, de una gran ineptitud personal.
Tanto es así, que el Dr. Gianmaria Fara, sociólogo y ex Director del Centro Sociológico Eurispes en Italia, habla de “países secuestrados y prisioneros de su clase política”. Una clase política que –y cito textual– “aumenta su propio poder y su propia capacidad de control de la sociedad en términos inversamente proporcionales a su autoridad, credibilidad y consenso: cuanto más pierde la consideración de sus ciudadanos, más extiende su poder”, afirma el Dr. Fara, incrementando, de esta forma, los niveles de desigualdad, inseguridad y desconfianza de la ciudadanía hacia dicha clase política. De la lectura del párrafo anterior pareciera que el sociólogo Gianmaria Fara estuviera describiendo a nuestro país con la minuciosidad y exactitud de un avezado observador.
Baste pensar en la desazón, frustración y sentimientos de rabia que significa para un padre o una madre, darse cuenta, que ellos no están –ni estarán en el futuro– en condiciones de poder educar, alimentar y vestir adecuadamente a sus hijos. Ver con impotencia y desesperación cómo se enferma y muere un integrante de la familia –tal como lo vemos día a día en nuestro país– porque la familia no tiene los medios económicos suficientes que les permitan acceder a una atención médica digna ni a mejores prestaciones de salud. O ver que no pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación, educación y búsqueda de justicia… por ser pobres. Para qué hablar, cuando vemos como la delincuencia, terroristas y narcotraficantes actúan con total impunidad y se apoderan de cada rincón del país. Sucede que hoy en día, además de ser “prisioneros de nuestra clase política”, somos, asimismo, “prisioneros de la delincuencia”. Más aún, si ahora se comienza a indultar a criminales y delincuentes con prontuarios más largos que una biblia.
Es así, que quienes se autoproclaman como los “líderes del cambio y paladines de la justicia”, y que se erigen en “referentes morales” de un país pueden, con sus acciones y decisiones erradas e hipócritas, provocar mucho rechazo, daño y frustración en la ciudadanía. Recordemos brevemente, que la hipocresía alude a aquellos sujetos que fingen virtudes y sentimientos que no tienen, o que, simplemente, no están presentes en su naturaleza.
Por lo tanto, todos nosotros debemos aprender a hacer mejores elecciones de todo tipo. No se puede seguir cayendo en la ceguera selectiva frente a las mentiras, la incompetencia, la ignorancia, la mediocridad o las oleadas de corrupción, amiguismo, compadrazgo, nepotismo, etc., que nos toca ver y experimentar una y otra vez. Tampoco aceptarlas. Ni como personas, ni como sociedad.
Tampoco podemos aceptar como válida, la afirmación atribuida a Maquiavelo, que plantea, que para muchos actos y conductas que emite el ser humano el “fin (siempre) justifica los medios”. Si comenzamos a aceptar, por ejemplo, el uso de medios cuestionables, ilegales e ilegítimos como una forma de alcanzar objetivos y metas que pudieran ser consideradas como “deseables” para algunos sujetos, entonces habremos puesto la primera piedra que avala la corruptela, condición que llevará invariablemente, a que ciertas personas y grupos de poder –político y económico– busquen aferrarse a sus cargos y quieran auto perpetuarse en sus posiciones de privilegio, de autoridad y poder a cualquier costo, en desmedro, tanto del ciudadano común y corriente, como del bienestar de la comunidad.
Ya lo decía Marco Tulio Cicerón, el gran orador, político y pensador romano, hace más de dos mil años atrás, al plantear que era una mera ilusión pensar que el “avance individual” se consigue simplemente aplastando y pasando por encima de los demás seres humanos.
Por lo tanto, tengamos siempre presente, que ésta es una desconcertante y muy usada conducta por parte de la clase política contemporánea, y se denomina “aplastar al enemigo”, aún cuando este supuesto “enemigo” sea el mismo ciudadano que los eligió.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e Investigador (PUC-UACh)










