Publicado en: mar, Nov 5th, 2019

La hipocresía y la clase política chilena

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                                                                                                           “En un cambio de gobierno, el pueblo raras veces cambia de otra cosa que de amo”.

 “Si realmente quieres acabar con la corrupción, entonces debes estar dispuesto a mandar a la cárcel a tus parientes y amigos corruptos” (Lee Kuan Yew, padre de la patria de Singapur).

 Cuando una persona se da el trabajo de averiguar el significado del concepto “hipocresía”, de manera muy rápida, establece una serie de grandes semejanzas entre dicha palabra y la clase política chilena, a saber, sujetos que esconden ante los demás sus reales intenciones –o agendas ocultas–, así como también su verdadera cara y personalidad, donde la falsedad, fingimiento, doblez y fariseísmo aparecen muy luminosos y resplandecientes en el horizonte.

El renunciado fiscal, Carlos Gajardo, demostró claramente el 25 de octubre de 2019 ante millones de espectadores en el programa de TV “Mucho gusto” –donde estaba acompañado, entre otros, por los senadores Ricardo Lagos Weber y Francisco Chahuán–, que la gente, definitivamente, ya no creía en la clase política –ni en los más de 20 partidos políticos que ellos representan–, y le recordó a la audiencia la grave crisis generada en el año 2015 por este conglomerado, a raíz del financiamiento –transversal, ilícito e irregular– de todos los partidos políticos, cuyos representantes –como nunca antes en la historia y de una manera muy veloz–,  establecieron una gran alianza para tapar y esconder el delito, y en lugar de ser denunciados ante la justicia –¡y ser castigados como correspondía!–, la clase política completa se puso de acuerdo para que eso no sucediera, y para ello, eligieron a un siniestro Fiscal Nacional, Jorge Abbott, quién les dio garantías plenas a todos los parlamentarios –de derecha y de izquierda, por igual– de que ninguno de los ilícitos cometidos por esta tropa de sinvergüenzas sería investigado, con lo cual, lo único que hubo –para desgracia de este país y una gran frustración del pueblo de Chile–, fue… impunidad total.

Resulta imposible sustraerse de lo que está sucediendo hoy, a nivel nacional, ante un marco de millones de personas que se manifiestan, día tras día, en las calles –ya sea pacífica o violentamente–, en contra de lo que ha sido la tónica de estos últimos 29 años de gobiernos pseudo “democráticos” (22 años de la Concertación y Nueva Mayoría y siete años de Alianza por Chile y Chile Vamos), a saber: grandes privilegios y abuso de poder, sordera institucional ante las numerosas –y justas– demandas sociales, abierta desigualdad económica entre la élite privilegiada y los ciudadanos de a pie, injusticia e indiferencia total por parte de la clase política y gobernante, donde, por cierto, hay que incluir a la élite de los grandes empresarios, ya que entre estos pocos privilegiados, han acaparado una parte importante y voluminosa de la riqueza de la nación.

Como ejemplo, baste decir, que al comparar el total de la “torta” que recibe un parlamentario –entre dietas, asignaciones, bonos, fondos especiales, viáticos, pasajes gratis en avión, etc.– y el trabajador que recibe el sueldo mínimo, el parlamentario –dando lo mismo que sea de derecha o de izquierda– llega a recibir en forma mensual, hasta 75 veces lo que recibe un obrero con ingreso mínimo.

Ningún grupo político, sea que hablemos –una vez más– de políticos de izquierda o de derecha, quiso ver –ni tampoco prestar atención alguna– a las reales necesidades y reclamos de los restantes 17 millones de chilenos, ya que estos sujetos estaban –y continúan estando– más concentrados en apuñalarse unos a otros –mientras definen quién se queda con la mayor cuota de poder–, que dar soluciones reales y concretas a las legítimas demandas de un pueblo resentido, cansado y hastiado de una politiquería barata, y que, además, presenta un elevado superávit en corrupción, estafas institucionales, boletas y facturas falsas, saqueos a las arcas fiscales y… para qué seguir.

Hoy en día, los políticos de “toititos” colores se están dando codazos unos a otros, con tal de subirse al “carro de la victoria” del pueblo de Chile, anunciando –urbi et orbi– acusaciones constitucionales contra todos quienes se les pongan por delante, ya que ellos ahora dicen que sí están “escuchando” con atención al pueblo, ahora –de la noche a la mañana– han descendido de su alto pedestal y se han vuelto “muy humildes”, ahora todos ellos pertenecen a la “galería” y que, por supuesto, ahora reconocen que los “patipelaos” tenían mucha razón en sus reclamos y exigencias. (Sólo ayer, toda la mala clase política era sorda, muda y ciega).

Hoy, en cambio, es tanto su temor a perder sus numerosos privilegios, que tal como lo decía una humilde dama que se manifestaba en las calles haciendo sonar su cacerola, la clase política ahora está dispuesta a “bajarse los pantalones hasta la altura de los calcetines”.

¿Se requiere alguna otra prueba del elevado grado de cinismo, hipocresía y doble moral que caracteriza a nuestra mala clase política? La respuesta, es un simple y rotundo ¡No!, ya que todos ellos se han visto obligados a mostrar la verdadera cara de sinvergüenzas  que hoy identifica a nuestros (des)honorables parlamentarios y clase gobernante.

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl

Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)

Semanario Local

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