Publicado en: dom, Sep 1st, 2019

El silencio encubridor no es negligencia. Parte3

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Dentro de las muchas máximas, hay una muy bien utilizada –estratégicamente– por las congregaciones religiosas en los tiempos actuales. Si bien intenta pasar desapercibida, la resalto por la profunda significancia que esta trae consigo, esta dicta: Es más fácil después pedir perdón.

Que difícil era antes pedir perdón, extrañas suenan hoy las palabras de Vatel (Fritz Karl Watel), cocinero del Gran Principe de Condé: “Señor, no sobreviviré a esta desgracia. Tengo un honor y una reputación que perder”. Vatel señala esta frase como preludio de su posterior suicidio, al no poder cumplir con sus obligaciones en el festín con el que el Príncipe quería agasajar al rey francés.

Antes, pedir perdón, era un profundo dolor, una vergüenza, tenía un costo. El perdón conllevaba el concepto de culpa y el de culpa castigo. En aquellos años culpa y castigo llevaban a pensar en un ofensor, en un ofendido, y en un particular y profundo vínculo -sano- que los entrecruzaba.

Hoy es tan fácil para ellos y ellas pedir perdón, tanto así que asusta, me abruma, nos cansa, me incomoda, nos duele. Les es tan simple, tan cómodo y tan beneficioso que ya lo piden sin culpa, sobre todo, porque los vínculos, donde versan los abusos de distintas índoles, se han tornado habitualesparticulares. En eso, el concepto se vuelve trivial, igual que el concepto depresión tan manipulado desde hace más de 15 años. Al preguntarme ¿Por qué sucede este fenómeno?, mi respuesta es estremecedora pero simple. Se espera que el concepto se desgaste, se vuelva tan habitual que al escucharle ya nada nos remueva, es más, le miremos en menos, nos fastidie, lo naturalicemos, le despreciemos… sea parte de nuestro repertorio. Sin embargo, en esto hay una tragedia: que después nada nos sorprenda.

Desde el Psicoanálisis, perdonar, indica que un sujeto ético no es aquel que pide perdón, sino el que testimonia, sobre quien se haya comprometido en sus actos y decide qué hacer con ello, lo cual no va sin una pérdida, clave entonces, la Reparación. Cuando el sujeto no consiente -otorga- esa pérdida, y si además se trata de un personaje público -una institución-, el mensaje que transmite es la impunidad, un goce -desde el psicoanálisis- por lo realizado.

Absortos en medio de todas estas rutinas de perdón miramos a nuestro alrededor para ver que ha quedado de pie, donde podemos refugiarnos. Para muchos la desolación y el dolor se hace absoluto, quizás nada se salva, quedan pocas guaridas para el alma. ¿Porqué nos duele tanto ese dolor?, ¿Será porque nos duele seguir sintiendo afecto por algo o alguien que debiéramos aborrecer?, ¿Será la sensación de injusticia la que nos revuelve el estómago?, ¿Será pues que las respuestas éticas de las diversas congregaciones nos calman la angustia de estar vivos y ante eso muchos/as se apaciguan?, caso contrario, ¿Por qué los sacerdotes y las religiosas de buen haber no se revelan contra el nido de ratas? ¿Será porque luchar con el monstruo grande, que pisa fuerte, asusta?

Las congregaciones religiosas dicen representar a Dios en la tierra, donde en muchas su misión es predicar el amor, la justicia social y la paz entre los seres humanos, ergo, las violaciones y los abusos cometidas por los sacerdotes y religiosas solo muestran el origen bastardo de esos seres humanos, donde el encubrimiento de estos hechos por alguna cúpula clerical y/o por el mundillo laico, revela no solo traición a las víctimas y a los fieles, sino también traición a sus principios, traición a ese Dios humilde, de Spinoza, que aún algunos creemos. ¿Dónde están los cómplices y encubridores en el caso de Juan Miguel Leturia?, ¿Son esos/as cómplices tan solo un error de Dios? ¿O es Dios un error en esos hombres y mujeres?, ¿Cómo creen en el dios de esos cómplices y encubridores si ellos/as actúan como si EL no existiera?

El dolor precisamente tiene que ver con esa escisión, con ese desgarro, mismo desgarro que nos lleva a preguntarnos por nosotros mismos. Desgarro ante el silencio, encubrimiento, la impunidad, el poder, sus redes, la corrupción, lo que dicen y quieren decir…y es que no puede ser casualidad que tantos y tantas gocen de la ilegalidad.

Nietzsche aconseja someter tempranamente a examen ¿De consciencia Sres. Jesuitas encubridores y su mundillo laico asociado? a todos nuestros ídolos. No se trata únicamente de “problemas de familia” como escribe el Sr Carlos Peña este fin de semana, donde relata las lealtades –invisibles– entre unos y otros, en esto, de trata de un problema ciudadano, de Estado, donde hay dinámicas de poder, de cuestiones institucionalizadas, de lealtades, de asesores y lobbistas camuflados que manejan y tienen el bien preciado de la información, que están donde no se ven, de traiciones a las confianzas, de narcisismos enfermos, de aquellos/as que, no queriendo perder sus trabajos y puestos son capaces de mirar hacia el lado.

Como es probable que todo esto quede debajo de la alfombra, queda la secreta esperanza de que la sociedad nuestra hoy sabe que los abusos –en distintas índoles y variantes- de las diversas congregaciones corresponde a un problema sistémico, cultural y organizaciones de dichas instituciones, a una cultura nefasta que debe terminar. ¿Qué les pido al público lector?.  Parafraseando a la investigadora del CEP, Sylvia Eyzaguirre, tome ud un martillo y golpee uno por uno a sus ídolos como si fueran tinajas, semejante ejercicio que realizan los constructores para ver si las baldosas están sopladas. El sonido revelará si están vacíos o no. Si ya no les quedan ídolos, definitivamente podremos querernos, y cuidarnos, ver al otro como el legítimo otro al modo del Dr. Humberto Maturana.

Finalmente, mis letras no van en la dirección de dañar la honra, disminuir o menospreciar a alguien o algo, responde simplemente a un acto de dignidad y de transparencia. No escribo a modo general forzando en el mismo saco roto a todos y todas, conozco a muchos y muchas que tienen una intachable conducta y formación, quienes de verdad sufren por los flagelos de varios, a ellos/as que si tienen un sentido ético y epistemológico, mis respetos.

Cierro entonces con Jorge L. Borgues: «El perdón dignifica al ofendido, no al ofensor, a quien casi no le concierne».

Eduardo Barahona – Sicologo

 

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