Published On: Jue, Mar 31st, 2016

«La Envidia».

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A pesar del notable crecimiento económico, Chile se posiciona como la cuarta nación con mayor porcentaje de pobres e indigentes dentro del grupo: un 17,8% de la población. Así no sorprende evidenciar que en nuestro país el 58% de los ocupados ostente salarios inferiores a los $364 mil pesos mensuales, mientras que tan sólo un 8% de los trabajadores logra $1 millón de pesos. Realidad que encuentra total asidero al constatar que sólo el 24% de los ocupados logró acceso a educación superior. Este sombrío panorama podría explicar que actualmente las jubilaciones promedio de los trabajadores sean de 7,9 UF mensuales, poco menos de $200 mil.

Desde la vuelta a la democracia, los gobiernos de turno han intentado tímidamente fomentar políticas económicas y sociales en pos de soslayar esta nociva realidad, muchas veces incurriendo en el pecado natural del asistencialismo. Tras la creciente conciencia y reflexión manifestada por diversos sectores de la sociedad, ha sido el gobierno en vigencia el más audaz al plantear históricas reformas estructurales.

Gratuidad de la educación, financiada a partir de mayores tasas de impuestos a las utilidades de las empresas, una reforma que adolece notorios y preocupantes errores de diseño, implementación y proyección, pero que fervientemente representan una genuina voluntad de reconstruir un país distinto.

Al respecto, se han erigido minorías de personas e instituciones decididas a condenar cualquier intento de desestabilizar la actual distribución de riquezas y oportunidades. Una minoría decidida a proteger todo lo que actualmente les pertenece. Así, careciendo de evidencias empíricas, apelan a la filosofía y los personalismos para desestimar a quienes buscamos reformas, acusándonos de estar motivados por una perversa envidia hacia sus riquezas. No faltarán aquellos, pero existen motivaciones más nobles y justas.

Los defensores acérrimos del «status quo» optaron por olvidar que una economía de libre mercado se cimenta, fortalece y perfecciona al fomentar una sociedad meritócrata y competitiva. Precisamente por esto citan a la ex Unión Soviética, Cuba y Corea del Norte como economías fallidas, dado que en ellas el Estado es un monopolio que obstruyen la libertad de empresa y no premia a quienes se esfuerzan.

Lo que nunca admitirán es que la desigualdad, los bajos salarios, las bajas pensiones y/o el escaso acceso a educación son igual o más perversos que el comunismo, pues la concentración de riquezas conlleva segregación de las oportunidades y ello anula la meritocracia y reduce la competencia en los mercados.

Así la convicción de reformas puede que constituya envidia, pero no de riquezas. Más bien es aspirar a un país con equidad de oportunidades y por ende una verdadera economía de mercado. Sí, como el sueño americano, ese al cual inexplicablemente declaran tanta devoción.

Por Matías Godoy – Director de Economía Para Todos.

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